No era Teflón, sino TFE (Tetrafluoroetileno, utilizado como como materia prima en la preparación industrial de polímeros), lo que le faltaba a Roy J. Plunkett cuando precisamente se encontraba en su laboratorio de la empresa DuPont investigando cómo producir cantidades industriales de este compuesto químico.

En un momento determinado, iniciado el experimento, su ayudante Jack Rebok le advirtió de que el flujo de TFE (a temperatura ambiente en estado gaseoso) se había detenido. Algo no iba según lo previsto. Plunkett abrió una sección del circuito para examinar su contenido tras la inesperada reacción, en ese momento extrajo un polvo blanco muy fino, el TFE había polimerizado.

Representación de una molécula de Teflón

Tras un proceso de caracterización, especialmente diseñado, se determinaron las propiedades de aquel polvo blanco. Prácticamente inerte, no reaccionaba con ninguno de los disolventes, ácidos o bases conocido. Los átomos de Hidrógeno son sustituidos por átomos de Fluor que aislan perfectamente la cadena carbonada. Era un material inusual, su descubridor no sabía exactamente lo que hacer con él, y tras un exhaustivo estudio de aplicación y rentabilidad terminó por ser un descubrimiento ciertamente desesperanzador.

Hoy en día el Teflón, como se dio en llamar el politetrafluoroetileno, no alberga misterios para los científicos, y sus aplicaciones son innumerables en muy distintos campos de la ciencia, la técnica, la industria, la medicina, etc. Su uso más conocido para todos nosotros es el de recubrimiento de las sartenes antiadherentes. Pero ahí no se queda la cosa, lubricantes, misiles balísticos, pinturas y barnices, aislantes electricos, estructuras de elementos sometidos a ambientes corrosivos, y un sin fin.