Porque hoy, 29 de Septiembre, en Argentina se celebra el “Día del Inventor” en honor al día en que nació el inventor y periodista húngaro László József Bíró, nacionalizado argentino y conocido en ese país como Ladislao José Biro.

Digo que escribáis algo porque precisamente Biro fue quien invento el bolígrafo, a lo que hubierais tenido que recurrir para escribir antes de disponer del teclado que os comunica con el procesador de textos.

Antes de la aparición del bolígrafo era frecuente llenarse las manos o la ropa de tinta al hacer uso de la tradicional pluma. Los manchurrones de tinta eran también decoración habitual de los manuscritos de la época, por la facilidad con la que la escandalosa tinta se escapaba del recipiente tubular que la contenía dentro de la pluma. No hablemos ya de aquellas plumas que se recargaban mojando la punta en los botes de tinta.

Cuenta la historia que a Ladislao se le ocurrió la idea del bolígrafo al observar una escena tan cotidiana como la de un grupo de niños jugando con unas canicas en la calle. En un momento determinado una de las bolas atravesó un charco, dibujando al salir de él una estela húmeda sobre el pavimento seco. Pero la imposibilidad de fabricar en aquel entonces esferas lo suficientemente pequeñas dificultaba el trasladar la idea original a la realidad práctica. La primera patente del bolígrafo se registró en Hungría, pero nunca se comercializó.

Fue al llegar a Argentina, invitado por Agustín Pedro Justo, presidente de Argentina, cuando junto con su hermano, y su amigo Jorge Meyne fundaron la compañía Biro Meyne Biro. Juntos los tres pudieron desarrollar la tecnología necesaria para perfeccionar el invento, que acabarían licenciando a Eversharp-Faber, multinacional estadounidense, por la nada despreciable cantidad para la época de dos millones de dólares.